Ir de pesca en Bolonia

Ir de pesca en Bolonia

Cuando era pequeña, solíamos ir a una feria que se ponía sólo los fines de semana. Era una feria muy sencilla, con algunos juegos mecánicos y de destreza. Recuerdo que mis dos juegos favoritos eran las canicas y “pescar”. “Pescar” era el que más me gustaba, y siempre lo dejaba para el final; quería guardarlo como el último bocado de una comida favorita, para que el sabor durara lo más posible.

Tendría entre cinco y siete años cuando ese juego fue mi favorito. Estaba instalado de forma muy sencilla: en una cubeta grande con agua había peces de plástico con un pequeño gancho en la parte superior. Algunos tenían un número marcado en la base. El encargado te daba una caña también de plástico, con un hilo grueso y un anzuelo al final.

El reto parecía fácil: “pescar”. Pero, a diferencia de la pesca real, no había carnada. El pez no mordía; había que seguirlo e intentar engancharlo. Cuando lo lograbas, aún no significaba que habías ganado: había que voltearlo y descubrir si tenía número. Y si habías tenido la suerte de atrapar uno con número, todavía faltaba ver si ganabas un chicle o el deseado oso de peluche.

No recuerdo qué tan seguido íbamos a la feria, pero sí recuerdo que poco a poco fui entendiendo mejor el juego. Dejó de ser uno de azar y se convirtió en uno de observación. Ya no se trataba de atrapar cualquiera, sino de elegir. Mirar con atención. Intentar descubrir cuál podía tener número. Los peces eran de plástico y, si los observabas bien, se transparentaban un poco. A veces se alcanzaba a ver la marca. Si los colores eran más sólidos, entonces había que fijarse en otra cosa: ¿qué gancho estaba más desgastado? Eso podía indicar que ese pez había sido elegido muchas veces y, quizá, que tenía premio.

Muchas veces no ganaba nada, pero sí la satisfacción de haber elegido el que más me gustaba. Al final el juego era una mezcla entre intuición y observación: dejarte llevar por lo que te llama la atención y, al mismo tiempo, leer pequeñas señales.

Muchos años después, sentí que volvía a jugar ese juego.

Hace unos días regresé de la Feria del Libro Infantil de Bolonia (Bologna Children’s Book Fair). La feria que, más que de libros, es de historias: de cómo se cuentan, de cómo viajan, de cómo se transforman en otros formatos.

Son solo cuatro días y siempre pienso que no alcanzan. Sobre todo si tienes citas. Desde meses antes empiezan a llegarme correos de agencias literarias, de ilustradores y editoriales para preguntarme si estaré ahí. Y der ser así, hacemos una cita. Sin darme cuenta, la instalación del juego comienza a construirse.

Recuerdo la primera vez que tuve que elegir títulos para un catálogo. Me emocionaba, pero también me daba miedo. Elegir qué publicar siempre me ha parecido una gran responsabilidad. Venía de un lugar donde podía opinar, pero no decidir. Ahí aprendía observando, editando, afinando textos. No sabía si iba a ser capaz de ahora tomar aquella responsabilidad. Sin embargo, acepté, pues pensé que la única manera en que podría descubrirlo era haciéndolo.

Mi primera tarea fue buscar títulos para presentarlos al comité editorial. Creo que una de mis habilidades es sentir pánico y no demostrarlo, así que eso hice: nerviosa, fui a mi escritorio y comencé a estudiar el catálogo.

Cada vez que estudio uno, intento verlo como si fuera una persona. ¿Cuál es su personalidad? ¿Qué es lo que le gusta? ¿Qué es lo que no le gusta? ¿Qué es lo que todavía no tiene claro? ¿En qué le gustaría cambiar? ¿Qué es lo que no quiere cambiar? Y muchas preguntas más. Entender la línea editorial es fundamental, porque no se trata solo de encontrar buenos libros, sino de encontrar aquellos que puedan convivir entre sí.

Con los años he ido pensando mucho en eso: en cómo conviven las cosas.

He tenido la oportunidad de trabajar en editoriales cuyos catálogos se han construido a partir de distintos editores que han pasado por ellas. Cada uno ha dejado su huella y, aun así, han logrado mantenerse fieles a una misma personalidad. ¿Cómo sucede eso después de tantas miradas? A veces lo pienso como las etapas de una persona —la niñez, la adolescencia—: aquí cada editor es una etapa y la editorial va creciendo con ellos.

Hay varias formas de encontrar títulos para seguir construyendo el catálogo de una editorial, y una de ellas es ir de pesca. Pero no se trata de atrapar todo lo que aparece, sino de saber cuáles quedarse. Me gusta imaginar que estoy pescando para cuidar: para construir una especie de pecera donde todos puedan convivir.

¿Cómo empezar la pesca? Específicamente hablando de las citas en ferias de libro como la de Bolonia, todo comienza cuando llegan las invitaciones. Si ya conozco a la editorial o agencia y veo que es afín al catálogo, acepto la reunión. Si no, investigo primero. Intento ver si ahí puede haber algo que dialogue con el fondo. Si no lo encuentro, agradezco y dejo pasar la invitación.

Sin embargo, hay algo que he aprendido con los años. Imagina que eres experto en pescar: ya sabes a dónde ir y qué buscar. Pero, con el tiempo, tu pecera puede volverse más uniforme y perder parte de su armonía. Por eso también es necesario explorar. Recorrer los pasillos. Acercarte a otras editoriales que tal vez no conoces. De lo contrario, tener solo citas puede convertirse en una especie de jaula algorítmica.

Además, al explorar, uno se puede detener y encontrar nuevas especies. Es importante observarlas, contemplarlas y darse el tiempo para pensar si vale la pena darles una oportunidad. Puede que al principio una sobresalga por ser la única, pero poco a poco puede abrir el camino a otras y, en algún momento, formar parte de la armonía de mi pecera.

Los días en la feria se van muy rápido, sobre todo cuando están llenos de citas. Las conversaciones con agencias y editoriales duran, como mucho, treinta minutos. Y en menos de cinco minutos, un editor se despide de otro, recorre parte de la feria, llega al siguiente stand, pregunta por la editora o el agente con quien se reunirá, lo hacen pasar, se sienta, pide un café, comenta algo sobre su viaje a Italia, el clima o la situación de su país, y vuelve a abrir libros. Todo en armonía, como una gran coreografía.

En veinte o veinticinco minutos, un editor puede ver entre cinco y quince títulos: posibles peces para su pecera. Algunos le fascinan; los sigue con la mirada, quiere engancharlos, pero tal vez no puedan convivir con los demás. Otros parecen prometer algo: hay indicios en la parte inferior o un desgaste en el gancho que llama la atención. Y justo cuando intenta tomarlos, le dicen: “Oh, lo siento, disculpa, este ya está vendido”.

Debo confesar que, al terminar la jornada, puedo quedar un tanto saturada. Pero lo bueno de Bolonia no es solo la feria, sino también la comida y el vino. Siempre hay una noche en la que me gusta cenar sola. Ese día, las olas que se formaron al ver tantos libros se apaciguan, se tranquilizan, se aclaran, y todo comienza a tomar sentido.

Pero no todo termina en Bolonia. Puedo decir que mi verdadera pesca empieza cuando regreso a México. Las editoriales y agencias me envían los títulos que vimos y que, en ese momento, creí que podían formar parte del catálogo. Con ellos, la instalación del juego ya está lista y toca elegir.

Por cómo soy, sé que primero iré por aquellos que más me gustan, pero después tendré que dejar ir algunos que, aunque me interesen, no podrán convivir con los que ya están en mi pecera. Y eso también es parte del trabajo.

Cuando era niña y empecé a entender mejor el juego de “pescar”, hubo un momento en el que pensar demasiado le quitaba la diversión. Así que decidía jugar sin pensar, aunque mi mente ya supiera qué hacer.

Supongo que algo de eso sigue pasando.

Porque, al final, no siempre se trata de encontrar el pez con número o el mejor premio. A veces basta con atrapar ese que, desde el principio, te llamó la atención mientras se movía entre los demás.

Y elegirlo —aunque no sea perfecto— también puede ser una forma de acertar.

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