Crecí con Mafalda. Entre las revistas de Archie, La pequeña Lulú y Charly Brown, mi madre me compraba unos libros pequeños horizontales donde venía una selección de historias de Mafalda. Cuando crecí supe que no eran historias escritas para niños, pero recuerdo haber pasado horas leyéndola, y lo disfrutaba.
Tengo frases de Mafalda muy grabadas en mi memoria: “Si es cuestión de títulos, yo soy tu hija. ¡Y nos graduamos el mismo día! ¿O no?”, “Podrían decirse muchas sutilezas, pero hoy no tengo ganas.” “Me pregunto si la vida moderna no estará teniendo más de moderna que de vida”, “¿Pensaron alguna vez que si no fuera por todos nadie sería nada?”
Esta última la comprendí bien ya bastante grande, cuando comencé a trabajar en la industria editorial.
Saber que trabajas en algo que sólo es lograble trabajando en equipo es esencial. Y lo desgloso de esta manera porque saber trabajar en equipo lo siento ya como un cliché. Estar consciente de que el trabajo que uno hace sumado al trabajo de otros da como resultado algo único y fascinante, creo que es algo de lo que mucha gente no es consciente. Un libro parece un mundo perfecto cuando llega a las manos de un lector, pero detrás de él hay muchas decisiones, conversaciones, acuerdos y desacuerdos que lo hicieron posible.
Cuando comencé a editar —y empecé editando los trípticos para la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil (filij)— uno de los equipos a los cuales fui más cercana fue el de Diseño. Primero hablábamos de los “impresos” que necesitábamos para la feria, luego de su contenido y después de la necesidad de propuestas de diseño. Este último punto, confieso, es el que más me atraía. ¿Cómo dar sentido de manera gráfica a todo lo que estaba dicho con palabras?
Vengo de una familia de costureras. Una de las imágenes más frecuentes que tengo de mi madre es la de verla sentada frente a su máquina de coser. Retazos de tela tirados por todas partes. Pequeños cajones con hilos, agujas, cintas métrica y cortahílos. Y en una mesa, patrones en papel, tela cuidadosamente cortada y reglas curvas.
Muchos años después, cuando entraba a la oficina de Diseño recordaba ese cuarto de costura de mi madre, solo que aquí había libros de muchos tamaños por todas partes, retazos de diferentes tipos de papel, pantonera, cutters, libretas… Nada y todo hacía sentido al igual que en el pequeño taller de costura de mi madre.
Cuando trabajaba con el equipo de Diseño me gustaban las juntas en donde las editoras explicábamos el contenido y los diseñadores tomaban nota, hacían preguntas y garabateaban en pequeñas libretas para después realizar una propuesta gráfica. Cuando regresaban con nosotras explicaban el porqué de la tipografía elegida, cómo habían llegado a ese acomodo de texto, si podía tener imágenes o no y en dónde; es decir, era el esbozo del mundo que sólo había sido descrito por palabras.
Para mí era como ver todos aquellos retazos del cuarto de costura convertirse, por fin, en una prenda terminada; imaginar todas esas telas que veía recortadas de manera separada ya unidas a través de un hilo que ni siquiera se veía… Y entonces, una vez decidido el diseño tocaba enviarles el texto final a trabajar.
El diseñador asignado normalmente regresaba conmigo a través de un correo concreto y directo “Sobra texto”, o “Falta texto”. Algunas veces entraba en conflicto conmigo misma porque según yo no podía quitar nada o aumentar nada. Y entonces, subía a ver al diseñador, y como si fuera mi terapeuta le decía “Ayúdame, no lo logro.” Y me ayudaba.
Aprendí que el espacio también comunica. Que el silencio visual tiene una función. Que una página saturada puede dificultar la lectura de una idea brillante. Que una imagen puede decir lo que un párrafo entero intenta explicar. Y que muchas veces el diseño no está al servicio del contenido: diseño y contenido son parte de la misma conversación.
Sin embargo, al mismo tiempo que encontré apoyo en los diseñadores me encontré con la sorpresa que podíamos tener increíbles discrepancias.
Viví muchas conversaciones entre editores y diseñadores sobre el diseño del contenido. Normalmente todo empezaba bien, se sentía la emoción de comenzar un nuevo proyecto, pero en algún momento algo se quebraba y las pláticas se tornaban un poco tensas: ambas partes nos escuchábamos, pero cada uno tenía una visión diferente del resultado. Eso podía durar días. Y aunque en algunas ocasiones al entrar a juntas se podía cortar el aire con un cuchillo, siempre percibí respeto entre ambas partes, y estoy casi segura que era por la pasión que teníamos por el proyecto.
La primera vez que yo me vi en una situación con mucha tensión no fue por un libro, sino por un tríptico. Y casi veinte años después sigo recordando como aquel director de diseño entrañable me explicó por qué si —o por qué no—era posible lo que yo quería, pero que me entregarían opciones para que todo saliera incluso mejor. Lo importante no fue que me llevara la contraria, lo importante fue descubrir que existían soluciones que yo no había imaginado.
Aprendí mucho, pues el bajarme de mi burro —no voy a decir que siempre, pero sí bastantes— me hizo conocer opciones inimaginables para que el diseño de una publicación que se puede pensar de poca relevancia como un tríptico, un panfleto, pudiera resaltar y que mi lector pudiera llegar a la información que yo le quería compartir.
Fue en ese momento donde aquella frase de Mafalda por fin la comprendí. Tal vez no como Quino la quiso transmitir, pero sí siendo consciente de que ningún logro “individual” es posible sin el esfuerzo y aporte de alguien más.
Los años pasaron y de editar trípticos llegué a editar libros.
Mis primeros años como editora fueron de mucho diálogo con los diseñadores. Y si bien creo no ser tan terca, lo que sí tengo es que, si alguien quiere hacerme cambiar de opinión, me tiene que argumentar, y viceversa. En las discusiones sobre un proyecto se aprende mucho. Cosas básicas para un diseñador para mí son la investigación de mi tesis. Gracias a esas conversaciones aprendí a dirigir colecciones, a pensar la identidad gráfica de una línea editorial, a comprender cómo una tipografía puede construir una voz, cómo una retícula puede organizar la lectura y cómo cada decisión visual influye en la experiencia del lector.
He aprendido a escuchar y a que la gente escucha, y que entre más apertura haya, aunque el camino puede ser largo y sinuoso, el resultado será triunfante.
No hay manera de hacer un libro si no es trabajando en equipo, y claro, el escritor y el ilustrador son esenciales, pero cito a Ulises Carrión:
Un escritor, contrariamente, a la opinión popular, no escribe libros.
Un escritor escribe textos.
El hecho de que un texto esté contenido en un libro, procede sólo de las dimensiones de este texto; o, en el caso de una serie de textos cortos (poemas, por ejemplo), de su cantidad.
[…]
El lenguaje escrito es una secuencia de signos que se expanden en el espacio; la lectura de los cuales sucede en el tiempo.
Un libro es una secuencia de espacio-tiempo.
Los libros existen originalmente como continente de textos literarios.
Pero los libros, vistos como realidades autónomas, pueden contener cualquier lenguaje (escrito), no solo lenguaje literario, sino cualquier otro sistema de signos.
Esa idea me ha acompañado durante años porque ayuda a nombrar algo que intuía desde mis primeros trabajos editoriales: un libro es mucho más que un texto. Es una construcción colectiva en la que intervienen distintos lenguajes y distintas miradas. Y sólo se puede lograr escuchando, interpretando, proponiendo, dialogando y acordando.
Uno de los momentos que más disfruto al editar un libro es cuando el equipo de Diseño llega y te hace la interpretación gráfica de todo aquello que le contaste sobre el manuscrito: porque le contaste la historia, dónde se desarrolla, quiénes son sus personajes, quién es el autor, quién será su ilustrador, quién es su lector, cuál es la colección, le describes las imágenes que te imaginaste, las emociones que te hizo sentir… Y si hiciste el trabajo bien, lograste que le diera más curiosidad leerlo y te devuelve una nueva forma de verlo.
El diseñador tiene en sus manos el hilo que une de manera invisible todos los “sistemas de signos” que sean necesarios para crear un libro. Cada una de sus partes te prepara y cuenta la historia que hay en su interior. Organiza la información, establece relaciones, construye recorridos de lectura y ayuda a que cada una de las partes dialogue con las demás.
Pero no siempre todo es miel sobre hojuelas. He tenido mis retos. He tenido mis otros tipos de aprendizaje a partir de batallas de egos, míos o del otro. Diseñadores o editores que creen tener en sus manos el hilo de Ariadna sin recordar que pueden ser abandonados a su suerte y muy lejos de la mitología, el único que sufrirá será el libro mismo.
El editor puede tener una visión del proyecto. El autor puede haber escrito una gran historia. El ilustrador puede haber creado imágenes memorables. Pero para que todo eso dialogue hace falta una conversación constante entre edición y diseño. Decidir qué se ve primero, qué se ve después, qué necesita espacio para respirar y qué necesita llamar la atención. Construir el recorrido que hará el lector.
Por eso, cada vez que veo una propuesta de diseño sobre la mesa, sigo sintiendo la misma fascinación que sentía al mirar a mi madre coser. Sé que estoy viendo el momento exacto en que piezas dispersas comienzan a convertirse en una sola cosa. Y es ahí donde el diseño encuentra la forma de relacionar piezas que, vistas por separado, parecerían independientes.
Y quizá lo más valioso que me han enseñado los diseñadores con los que he tenido la fortuna de trabajar no tiene que ver con tipografías, retículas o papeles, tiene que ver con algo mucho más simple: entender que ningún libro pertenece por completo a una sola persona. Que las mejores ideas suelen aparecer cuando todos estamos dispuestos a escuchar, argumentar, ceder y construir. Y que, cuando eso ocurre, el libro termina siendo mucho mejor de lo que cualquiera de nosotros habría logrado por su cuenta.
Tal vez por eso sigo regresando a aquella frase de Mafalda. Porque después de tantos años, sigo pensando que si no fuera por todos, nadie sería nada.